La belleza del tiempo puede apreciarse en una cicatriz. Significa que pudo ser lo último, pero no, que sigues ahí. Que dolió, pero sanó. Que sangró, pero ahora está intacto. Protegido. ¿Diferente? Por supuesto. Al igual que nosotros al caer y levantarnos aprendemos, el cuerpo es sabio y aprende. Cambia. Crece. De ahí que las cicatrices sean diferentes. Hay quien se avergüenza de ellas... nos recuerdan que somos imperfectos. Que fallamos.
También sirve para no olvidar. Poder avanzar, poder echar la vista a la cicatriz y pensar sin dolor. Recordar lo que ocurrió sin temor al daño. Incluso sonreír porque has sobrevivido.
Aunque hay que ser conscientes de que las cicatrices tardan en fortalecer, incluso a veces no llegan a ser tan resistentes como lo eran antes de la herida. Debemos ser conscientes de esto con las cicatrices de los demás, también. A estas alturas quien lo haya leído supongo que sabrá que no hablo simplemente de cicatrices físicas.
El alma cuando está sensible es bastante traicionera. Se siente sola, busca cariño desesperadamente. Busca abrazos, busca calma. Busca que le digan que todo está bien, que apuestan por ella de nuevo. Busca verdad, busca que le miren como mira ella. El alma siente sincera, no sabe de términos medios. El alma que se va enamorando es la más frágil, sobre todo tras una cicatriz reciente. Ese alma tiene que cuidarse con atención, tiene que sentirse bonita y a la altura. Ese alma tiene que acelerarse con las mariposas, no ahogarse con ellas.
Sshh...
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