martes, 18 de noviembre de 2014

'Siestas II.'

Despierto con la luz del sol.
La luz despierta tu cuerpo, que te eriza el pelo y se te pone la piel de gallina.
Me pones la piel de gallina con un escalofrío notando tu piel en mi piel.
Misma reacción, distinta razón.
La luz calienta la sangre que corre bajo tus mejillas y colorea de melocotón el borde que subraya tus ojos.
No oigo nada más que el crepitar que imagino de los rayos sobre tu espalda. Me dispongo a caminar dando saltos sobre tus lunares. Con los dedos, haciendo sombras chinescas recorro tus músculos que descansan, hago un trombo en tu escápula y de golpe aparezco en tu hombro. Pasito a pasito llego a tu cuello. Tic, tic, tic.
Mis dedos se enredan entre tu pelo, se hunden, se sumergen tratando de llegar a tocarte el sueño.
Silencio.
Fijándome mucho, logro oír tu respiración. Profunda. Hace que subas y bajes a un ritmo que escucharía en todas las canciones de mi vida. Con cuidado, me cambio de sitio y me pongo enfrente de ti, con el sol golpeándote en la cara sacando tus perfecciones a la luz. Te observo lenta, violando tu intimidad ahora que tus ojos no me acechan y me intimidan impidiendo escrutar todos los detalles de tu cara.
Tus párpados descansan relajados, alguna legañita rodea una expresión de felicidad sutil que me hace sonreír. Tu nariz, un poquito torcida, te da un aire varonil estando despierto pero dormido resulta de lo más sensible, me dan ganas de saltar desde ese puente hasta tus labios, caídos hacia el lado derecho y babeando del gusto del sábado por la mañana.
Eres el despertar más ideal que pudiera poetizarse.

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