''Sólo fui testigo por casualidad. Hasta que de pronto él me preguntó- ''¿Era bella, no es verdad?'' -''Más que la luna''- dije yo. Y él sonrió.''
Dormida. Estaba soñando tranquila, con la boca abierta y roncando ligeramente. Tenía un encanto particular. Era la primera vez que hacía el amor con alguien, y creo que no podría haber elegido mejor mis cartas, porque aquella muchacha, aunque no la conocía más que de una tarde, me daba la sensación que era parte de mí desde hacía mucho y que lo sabía todo acerca de ella. Era muy natural, y me encandilaba de un forma espectacular cuando sus mejillas se coloreaban ante uno de mis comentarios estúpidos. Hay que ver lo que la tengo que gustar, para que esté conmigo, siendo como soy con ella.
-Mmm...
-¿Qué dices?
Seguía dormida. Estaría soñando en alto..
-Te quiero.
-¿A mí? Jajaja, no creo, preciosa. Solo te atraigo con este físico imponente...
-Alex.
Joder. Fue decir mi nombre de esa manera y se me quitó toda la tontería de encima.
-Y yo. Creo, que no he querido a nadie nunca así. Como a ti, Erica.
Y me dormí, tranquilo, pensando que por fin, algo me estaba saliendo realmente bien.
Me desperté. Había sido una noche fantástica. Me dejé llevar, se dejó llevar... nos tocamos, nos besamos todas y cada una de las partes de nuestro cuerpo. Nos dijimos cosas maravillosas y nos hicimos el amor lenta y apasionadamente. Estábamos en la calle, desnudos y bajo el sol, pero no había nadie. Ya...ya no era virgen. Y me había entregado a un chico que no conocía de nada. Mas, ¿qué más da? , diría cualquier chica en una situación normal. Pero no, tenía que pasarme a mí, tenía que ser yo la que me tirara al hombre más apuesto y sensual de Venecia, pobre, pero encantador, y eso es lo que no debía de haberme pasado. Yo buscaba un aristócrata, rico y, a poder ser, apuesto. No lo contrario. ¡Todo me salía mal! Le miré, dormía tranquilo, con ojeras bajo los párpados, pero con una serenidad inaguantable. Era perfecto, y lo odiaba. Tenía que largarme de allí. Cuanto antes. Puse mi manos bajo su cabeza y la coloqué desde mi pecho hasta el suelo, le cubrí un poco con su ropa, me vestí y antes de salir corriendo, le di un fugaz beso en los labios. Me supo mal, pero tuve que hacerlo. Y lo hice. Huí como alma que lleva el diablo hasta mi casa, donde me esperaba una buena como no se me ocurriera una buena historia que contar.
-Mmm...aaaay. ¿Qué tal estás Er...¡¡¿Erica?!!
Dios. Estúpido. Me había dejado allí, en medio de la calle, como un ligue de una noche loca. ¡Será zorra! Y yo idiota, por pensar que me quería. Seguro que era la típica que iba por ahí dando pena, tirándose a todo lo que se meneaba. La odiaba, la odiaba con todas mis fuerzas. Me había hecho excavar un hueco en mi corazón con su encanto y su mirada y ahora me había dejado vacío, sin una gota de calor, ni amor. Sin nada que me protegiera ante la soledad que se precipitaba sobre mí.
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