Se empiezan a consideran millones de posibilidades, de posibles candidatos que optan a su propiedad, pero ninguno es ''el dueño''. El que debe acariciarlo o, como lleva ocurriendo, destrozarlo poco a poco a pellizcos sin compasión.
A partir de letras de canciones, de sonatas, de peroratas y sermones, de sonrisas impecables, de manos, caricias. De miradas furtivas cazando lo inimaginable.
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