domingo, 12 de junio de 2011

Un cambio brusco. Bruscamente genial.

Tan inmersa en tu hartura por los finales, que te acabas de poner a pensar en que pasarán tres meses sin ver a muchos de los que ahora necesitas que te abracen.
Te acabas de dar cuenta de que ha pasado todo un curso, y has conseguido lo que te proponías, con creces.
Has conseguido agrandar tu corazón en más huecos, sin tocar los que ya estaban, sencillamente haciéndolo más grande, para meter a más de dos docenas de sonrisas cada lunes a viernes, de ushs y carcajadas, de chistes malos, de cosas bonitas que decirte, de sonrisas con saludo, de sonrisas con segundas, de miradas, de alguna lagrimilla, de echadas de menos al ver un sitio vacío, de ojos bonitos, de colonias increíbles, de moños, de lunares en los labios y en la nariz, de manotazos en los brazos, de peinados, de estuches que vuelan, de tiza por todo el cuerpo, de marcas de la cobra, de ¡vamos, bocata!, de las agendas justificadas, de: chicos, no ha venido, no hay examen!, de "llegas tarde, ya ha tocado el timbre, de Mama Ladilla, de..., de...
¡Me faltan tantas cosas...!
Pero resulta que es que estoy estudiado para los finales. Sí, esos aceptados y tan queridos exámenes veraneantes.
-Me da que no soporto estas circunstancias.

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