Y poder parar la aguja de los minutos y retrocerderla unos meses. Dos, con eso basta. Y cambiar algún detalle, para que ahora todo fuera perfecto, para que cada vez que se mueve la pequeña, los segundos, que muchos ignoran, no duela como si las mariposas que antes no dejaban entrar el oxígeno al corazón se hubieran convertido en escarabajo de esos que destrozan todo a su paso. Y el oxígeno también. Pero ellos no dejan amor en su lugar. Si no vacío.
Como una aguja de los años enteros, moviéndose a golpes de mandolina.
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