3 semanas sin electricidad.
La ciudad, el país está colapsado, desorbitado. Hay muertes, balas, emociones a flor de piel.
Mi familia y yo estamos en el salón con una botella pequeña de agua potable para los 4. Llevamos 5 días sin comer nada más que pan y conservas. Repartimos el pequeño tesoro y nos quedamos con ganas de más. Y se acabó. Ya no nos queda agua, y como no la consigamos, moriremos en 2 días, 5 a lo sumo. Más tarde o más temprano, algo nos matará, ya sea inanición, descomposición, munición... deshidratación.
En ese momento, sentí que no quería estar con nadie más que con ÉL. Otra persona que no estaba en aquel salón, llorando.
Y besé a todos, salí de casa y me envalentoné como nunca a cruzar la calle, arrasada, incendiada y llena de francotiradores, para encontrarme con él, sintiendo que nuestros corazones latían al compás en ese mismo instante. Y corrí, me agaché entre disparos y peleas, para decirle que mi corazón se había percatado de que le faltaban pulsaciones. Que ahora las sentía, por fin, y eran las suyas.
Le ví, allí estaba, y me abalancé sobre él, le cogí la cara con las manos, le aparté las lágrimas y le besé. le besé con todas mis fuerzas hasta que alguien le golpeó en la cabeza y le dejó inconsciente entre mis brazos, entre mis labios. Pero sonreí, sonreí feliz, porque mi corazón latía por ambos, y seguimos juntos, sí, hasta que tras 1 día, morí junto a él.
Para siempre.
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