''...todo tiene un final.
A veces no se conoce el principio. Ni se sabe si llegará.
Todos sueñan con comenzar, pero temen cesar sus sueños.''
Parecía que después de tanto tiempo, algo nos volvía a salir redondo. Fuimos los tres de compras al mercado de los domingos. Nos divertimos y yo no podía dejar de mirar a Álex y a mi madre. Parecía que se conocieran de toda la vida. Se llevaban estupendamente, y a veces, se permitían el lujo de burlarse de mí conjuntamente, cosa que debería molestarme, pero ver de nuevo sonreír a mi madre cada cinco minutos, lo hacía imposible.
Habíamos conseguido una habitación en una pequeña pensión justo encima del callejón de aquella noche...maravillosa. Cada noche, cuando mi madre dormía, nos asomábamos y recordábamos cada uno de los momentos, cuando nos besamos, cuando nos amamos. Todos. Y así, abrazados, nos quedábamos dormidos, compartiendo sueño.
Mi madre, que sabía más que nosotros y según ella, la vida ya le había enseñado suficiente, decía que esto no podría durar mucho más, que algo malo pasaría en breves. Nosotros la decíamos que no fuera agorera, que ahora estábamos muy bien. Pero algo se olería que no sonreía tanto.
La primavera llegaba y, bueno, nuestra sangre estaba alteradísima. No dejábamos de besarnos sin porqués, de tocarnos de repente, de mirarnos las almas a la vez. Le sentía dentro de mí cada día más y no podía apagar lo que quemaba en mi interior. Aprovechamos una mañana de domingo para ir a comprar fruta fresca. Había melocotones, que a mi madre le volvían loca; fresas, que llenaban de color nuestra pasión y naranjas.
Mientras Álex y mi madre corrían tras unas palomas, yo fuí a beber agua a una pequeña fuente de la plaza. Y de repente, vi que el agua salía de color rojo, un rojo sangre que me asustó muchísimo. Hasta que me dí cuenta que era mia.
-¿Dónde está Erica?
-Cuando seguimos a las palomas, me dijo que iba a beber agua a la fuente.
Y cuando lo vi, no pude creerlo. Aquel hombre estaba desgarrando su cuello y soltando improperios y yo no pude hacer nada.Ella me miraba. Con dolor. Salí corriendo y la besé, con todas mis fuerzas, con todas mis ganas. Ella me dio su último aliento y cerró los ojos antes de quedarse por siempre en aquella fuente de la Plaza de San Marcos.
Su madre, inmovilizada ante su marido, cogió a Erica y la sostuvo entre su brazos hasta que su pequeño corazón dejó de latir.
Yo asié el puñal y, con un odio irrefrenable y sin escrúpulos, arranqué la cabeza a ese cabrón que se permitió el lujo de asesinar mi vida, mis sueños, mi todo. Mi Erica. Para siempre.
Curiosa expresión. Para siempre. La gente lo usa para comprometerse, para compartir, para amar, para esperanzarse de una supuesta felicidad que no se sabe cuánto durará. Y hasta ese momento, yo se lo decía a mi compañera de sueños, para siempre. Para siempre serás mía, y eso es cierto, me regaló su último respiro para quedarse conmigo, siempre. Siempre. Siempre.
Pero puede ser tanto bueno, como malo. Como a partir de entonces, que ''para siempre'' serían las dos peores palabras de mi vida.
Aunque, pensándolo, yo ya no tuviera vida, porque se había quedado impregnada en la mirada de aquella muchacha de ojos dulces que me entregó su corazón. Para siempre.
Impresionante.
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