''Ahora le decían sus ángeles que para que alguien te haga caso, tienes que fingir que no te interesa, para que vaya detrás. A mí siempre me ha parecido estúpida esta teoría. Si a alguien no le intereso, en el momento en el que decida dejar de darle señales de vida, va incluso a agradecérmelo. Y si tengo ganas de ver a alguien y se lo quiero decir, ¿por qué tengo que actuar al contrario? ¿Porque he demostrado mi interés y él su falta del mismo y ya debería haberme retirado? Quizás no sepa perder ni ganar, las batallas no son lo mío.''Miraba absorta por la ventana, atenta a la velocidad a la que viajan los árboles cuando tienes prisa por llegar a algún sitio.
Esta vez la chica que siempre llegaba casi tarde pero no iba mucho más lento de lo que su corazón quería. Dos veces en su vida había hecho ese trayecto de una hora desde su casa y aún no estaba acostumbrada a la distancia. Y algo dentro de ella esperaba tener que acostumbrarse.
Estaba sentada sola, los sábados por la mañana al parecer nadie hace esa ruta, probablemente estarían descansando. Sí que pudo observar al otro lado del pasillo a una madre con su hijo que le hacía preguntas constantes sobre el por qué de las cosas. A la chica siempre le hacían sonreír esos niños porque le recordaban a ella hacía no tantos años, curiosa por todo lo que había a su alrededor.
-Mamá, ¿por qué los árboles corren más rápido que el tren?
-No corren más rápido, fíjate, están parados, los que nos movemos somos nosotros. ¿Ves? Mira al horizonte.
-Y mamá, ¿por qué llaman girasoles a los girasoles si no se giran con el sol?
-Sí se giran, lo que pasa es que las plantas se mueven muuuuy despacito, muy despacito, y si las observas todo el rato podrías darte cuenta, o mirarlas cada rato largo y ver el cambio que han pegado. Pero viven a cámara lenta.
-Pero si viven menos que nosotros y encima lo hacen tan despacito... no disfrutan de la vida, ¿no, mamá?
Y ahí es cuando la madre levanta la vista y busca una mirada condescendiente, amable, de algún adulto, en aquel caso fue la chica quien la correspondió con una amplia sonrisa.
-Din, don, din. Próxima estación: ...
Ya había llegado. Se le había pasado volando el viaje para haber ido sola, le encantaba ir mirando a la gente y descubrir esos pequeños momentos de magia.
Ahora tocaba la siguiente parte difícil del día: descubrir la calle que quería alcanzar. No era fácil, porque tenía que valerse de unos vagos recuerdos y no tenía ni idea de la ciudad en la que estaba. Sólo conocía la casa de una amiga y llegaba allí por inercia. Decidió dejarse llevar por su intuición y salió de la estación girando a la derecha. Mientras paseaba sin rumbo fijo pero con la brújula interna marcando al norte, pensaba qué era lo que realmente le llevaba allí, a madrugar para tratar de encontrar una casa en la que alguien que no parecía tener mucho interés en ella estaría tumbado en el sofá o tocando la guitarra. Cómo podría recordar esa locura que le entró cuando estaba prohibido pensar en él y ella soñó con tirarse en la hierba y oírle tocar mil veces a los Beatles o a Love of Lesbian. Nada más. Pero asumió que era algo que no podía pasar, de esas cosas que están destinadas a no ocurrir y que tienes que dejar que sigan su curso natural.
Pero aquel chico siempre había estado de algún modo u otro en su cabeza. Nunca había podido borrar su número de la agenda del móvil y no había podido no felicitarle el año. Nunca. Quizás algo en su subconsciente le decía que era alguien de quien no quería dejar de saber.
La chica despeinada trataba de poner en orden sus ideas. Había llegado a un cruce extraño, llevaba hora y 20 minutos caminando y se había perdido un poco. La razón de la cordura le vino de pronto y el peso del mundo le hizo sentarse en un banco a reflexionar.
-Qué haces aquí. Venir a ver a ...¿quién? ¿Para qué? No sabes qué sientes, qué siente, si siente como siempre, si sigue igual. No sabes nada y crees saberlo todo.
La chica, suspirando, decidió parar. Había desconectado el whatsapp, había decidido que aquel día no iba a mirar el móvil, como si hubiera sido unos años antes. Si paraba, iba a mirar al frente, iba a frenar ese dolor de cervicales al que ya se estaba malacostumbrando, a mirar a la gente con la que se cruzaba.
Al banco que había encontrado le estaba dando el sol y parecía que era una buena señal. Miró el reloj y ya llevaba hora y media mirando una ventana a través de la que se podían intuir unas paredes azules. Allí se quedó pensando en quién habitaría esa habitación, cómo olería y qué estaría haciendo. Si era chico o chica. Después de un rato en su mundo, sacó el libro que estaba leyendo y que tenía ganas de acabar por fin. ''Por quién doblan las campanas'' de E.Hemingway. Una novelaza, en su opinión. Había conseguido ponerle los pelos de punta con historias que habían pasado en la vida real, pero con sus palabras todo parecía incluso más terrible.
Cuando quiso darse cuenta eran las 3, se comió dos de las cuatro mandarinas que había cogido 'por si acaso' y empezó a ver la estupidez de lo que había hecho mientras los gajos le estallaban en la boca.
-No sabes dónde vive. Has venido aquí, hala, a la aventura a ver si una fuerza divina te dejaba bajo su ventana. Ojalá ese cuarto azul fuese el suyo y este chico que sale del portal...
Y no pudo creerlo. Aquel chico que salía del portal precisamente era el chico que la chica con olor a mandarinas había estado esperando. Él se la quedó mirando un instante, pero bajó la cabeza y se giró para dar un beso a otros labios que le estaban esperando al lado de la puerta.
Lo que sintió la chica en ese momento es indescriptible, una bocanada de insultos le salían del corazón y sólo pudieron hacerse eco en una silenciosa lágrima que recorrió su mejilla y terminó en su comisura salando un poco el último gajo de aquella dulce mandarina.
-No puedes ilusionarte a la primera de cambio porque te rompen el corazón más veces de las que te lo cosen y va a llegar un punto en el que no quede pespunte que arregle el destrozo que le estás haciendo, porque todo en realidad recae en la intensidad con que lo sientes. Porque por un plan divertido no puedes pretender un posible romance. Porque esto no es la época de las Julietas ni él es Romeo. Porque aunque prefieras un corazón destrozado a uno de piedra, que se reconstruya tarda un tiempo y siempre quedan cicatrices.
La chica recogió un poco de su ilusión que estaba desperdigada por las calles de esa ciudad que pronto empezaría a perder el odio que le tenía en ese momento, las cáscaras de la piel de las mandarinas, su bufanda, que se ató al cuello como un remolino y se fue hacia la estación. Pero la chica no recordaba por dónde había venido, ya estaba empezando a anochecer y su móvil se había apagado inexplicablemente. Una sonrisa le vino a los labios como diciendo, '¿algo más?' y se dispuso a preguntar a algún alma caritativa, pero no pasaba nadie por las calles.
Una fría tarde noche de un sábado de invierno y ella haciendo el canelo creyendo en el amor. No, aunque por dentro se estuviera muriendo de ganas de que en realidad el chico hubiera hablado con la otra y estuviera buscándola sin aliento para enterrarla entre sus brazos, eso no iba a ocurrir. Es una historia y podría inventármela, como todo lo que hago con mi vida, pero esta vez no.
Esta vez había que ser claras con la chica y decirle que se estaba pasando de ilusa. Así que la chica se colocó bien el abrigo y se dispuso a encontrar la maldita estación que la devolviera a casa y a la realidad, mientras las hojas le golpeaban la nariz y la voz de Marazu le calmaba los oídos.
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