domingo, 20 de abril de 2014

La perfección de lo imperfecto.

No seré tu luz de luna que miras absorto hasta que caen tus párpados a los brazos de Morfeo.
No seré los largos y fuertes cabellos dorados que necesitas ensalzar como un tesoro de valor incalculable.
No seré esos ojos en los que te bañas y te ahogas, ni esos azabaches que reflejan tu alma como un espejo nacarado, ni siquiera esmeraldas. Ni coca cola. Ni siquiera.
No seré esa delicada piel blanca como la luz del alba, que te despierta con su dulzura y perfección.
No seré esas perlas que de alegría llevan la firma, ni los frutos rojos de la pasión serán mis labios empapados de amor.
No seré esos tobillos delicados que se esconden bajo el vuelo de un puro e impoluto vestido digno de una duquesa, condesa o incluso, celestial.
No seré esa risa que ilumina tus mañanas acompañando el canto de los gorrioncillos.
No seré delicadeza.
No seré ángulos recónditos que aguarden un beso inesperado.
No seré de Bécquer, porque está muerto desde hace siglos.
No seré tampoco de Velázquez o de Lacroix.
No seré de Neruda ni de Da Vinci.
Digamos que no seré de Sabina ni tampoco de Dylan. Ni de Blunt. ¡Ni de Ubago siquiera!
No seré de la última hoja del cuaderno de un adolescente en secundaria.
No seré del rayo de sol del atardecer en un viento que levante las hojas y tiña todo de los tonos rojos, ocres y amarillos del otoño.
No seré la sirena de la playa paradisíaca.
No seré la taza de café (té) humeante que sostienes entre las manos por la fría nevada que te ha atrapado en una casa.
No seré Work song tirada a tu lado en la cama con un edredón por encima.
No seré una noche sin contaminación lumínica adorando la vía láctea.
No seré una escultura de Afrodita, ni de Venus (no, la de Waldorf tampoco)
No seré una Mrs Darcy, ni siquiera una Miss Bennet.
No seré una voz bonita. No seré una Marilyn Monroe o Ava Gardner.
No seré una caricia en la espalda como el tacto de una pluma.
No seré un helado de menta con chocolate.
No seré un pitillo de vainilla.
No seré un salto desde las alturas.
No seré una palomita que ha quedado a medio estallar.
No seré una pasión por descubrir.
No seré una caricia escondida en un mechón de pelo suelto de su oreja que pide orden.
No seré un beso robado con química.
No seré una captura de la felicidad con una cámara.
No seré una pared llena de fotos, dibujos, luces, detalles, papeles.
No seré una tarde con una manta viendo una película en el sofá.
No seré el primer disco de Mumford and sons.
No seré Hallelujah de Cohen versionada por Jeff Buckley.
No seré una lágrima o una gota de sudor en un concierto. Tampoco una garganta destrozada por los gritos.
No seré una poesía, ni un relato corto. Ni una novela de Zafón o García Márquez.
No seré Midnight in Paris.
No seré los felices años veinte.
No seré una nota escondida para que la encuentres al salir de casa para empezar un nuevo día.
No seré un amor fugaz de metro.
No seré un ''en otra vida, hubieras sido tú.''
No seré una ópera en la Fenice de Venecia o en la Scala de Milán. En el siglo XVIII.
No seré Venecia de noche, ni Florencia de día.
No seré Madrid, ni Londres, ni Barcelona, ni Amsterdam, ni Brujas, ni ...
No seré un viaje alrededor del mundo entero.
No seré la historia de Egipto. Ni la mitología griega.
No seré la catedral de Colonia. Ni Nôtre-Damme.
No seré Juno. 
No seré un amanecer de día azul con nubes contaminadas, dando colores inimaginables.
No seré un solo en un concierto.
No seré éxtasis.
No seré la colonia que te hace girar por la calle al reconocerla.
No seré la inquietud de la adrenalina.
No seré Shakespeare. No seré Julieta Capuleto.
No seré un viaje improvisado a ninguna parte.
No seré una ardilla lavándose con zumo de naranja. 
No seré la incertidumbre y el ahogo que surge al pensar qué hubo antes de nacer, qué habrá después de morir, qué son los sueños o por qué tenemos déjàvus.
No seré la respuesta a la divinidad.


No seré la vida. No seré la muerte.

Pero sobre todo, no seré la nada. No seré quien no soy.

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