Me desperecé cuando noté el calorcito de los rayos de sol sobre mis párpados. Nunca me había despertado con la luz y tenía que ocurrirme cuando había pasado la peor noche del año. A lo sumo habría dormido unas 4 horas, y encima me desperté a las 5 y media de la mañana y no podía seguir durmiendo. La cabeza estaba a punto de estallarme.
Cogí la ropa interior y me metí en la ducha. Estaba tarareando una canción que no lograba quitarme de la cabeza, que no había escuchado nunca o, al menos, no recordaba dónde la había escuchado.
Me puse las bragas y el sujetador y pasé por delante del espejo del baño sin echar siquiera una ojeada. Ya bastante malo estaba empezando el día como para amargarlo todavía más en apenas una hora.
Abrí el armario y me puse los vaqueros y la primera camiseta blanca que pillé. Hoy en la oficina no iba a haber nadie más que yo y no tenía necesidad de ponerme el traje culón y los tacones del infierno. Y, aparte, ese día iba a hacer l0 que me diera la gana, dentro de unos límites, claro.
Fui a la cocina y me preparé un colacao y una tostada con mermelada de melocotón. Lástima, porque esa mañana me apetecía la de fresa especialmente.
Me lavé los dientes, la cara, disimulé ese granito odioso y las ojeras que marcaban mi insomnio matador, cogí el bolso, las llaves, y cerré la puerta de mi piso tras de mí.
Siempre hacía lo mismo al salir de casa. Cerraba, daba dos vueltas, apretaba, para asegurarme que no existía una tercera que se escondía y volvía la llave para sacarla. Tiraba el bolso al suelo, me arreglaba un poco el pelo, sujetaba las llaves con la boca, llamaba al ascensor, cogía el bolso y me metía dentro. Las llaves las metía en el bolsillo derecho del forro interior, para tenerlas siempre localizadas. Con una cabeza loca como la mía, había que ser precavida.
Miré el reloj. Faltaba una hora para que fuera mi hora normal de salida. Podría ir tranquilamente escuchando el cd de Mumford and Sons...mierda, el ipod se había quedado en casa y ya no me apetecía subir a por él.
Me metí a la boca de metro y al llegar al andén, un chico pasó volando chocándose con mi hombro y cayendo de bruces al suelo.
Me acerqué rápidamente a ver cómo se encontraba y le ayudé a levantarse.
-Uf, chico, ten cuidado, las prisas no son buenas. ¿Estás bien?
-Sí, sí, em, muchas gracias. Y perdona, menudo golpe te has llevado...
-Naaaada, tranquilo, estoy insomne total, no siento apenas nada. Bueno, em...hasta luego.
-Adiós y ¡perdona!
-No te preocupes. Adiós.
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