miércoles, 5 de mayo de 2010

Lo que tiene un día macabro.

Me sorprendió de veras cuando la vi cruzando la calle. Nunca había visto nada igual. No sabía nada sobre aquella mujer, ni qué la pasaba ni hacia dónde iba ni de dónde venía. Nada.
Ella parecía no darse cuenta, como si fuera lo más normal del mundo. Nadie se fijaba en ella, y yo no podía fijarme en otra cosa.
Lo único que podía ver era aquel cuchillo clavado entre sus costillas.

Ese fin de semana traté de pensar en otra cosa que no fueran las funciones, Franco, el sulfato de sodio o las proposiciones subordinadas. Pero fue imposible. Hacía tanto tiempo que no veía el sol, que me consideraba muerta naturalmente. Necesitaba respirar un poco de aire con demasiado Co2, pisar alguna que otra hoja para escuchar sus chasquidos y tumbarme en la hierba para leer un rato. Pero como exactamente el resto del año, no pude salir. Algo que mi mente, mi alma y mi ''yo'' en general necesitaba desesperadamente, era una sonrisa. De alguien. De cualquiera de mis amigos, oír su risa, sentir la mia. La añoraba como no añoré nunca otra cosa. Y decidí coger un metrobús, pillar un 34 y bajarme en Atocha. En el trayecto miraba a la gente que entraba y salía y me fijé en cosas que hasta entonces pasaba por alto completamente.

Por ejemplo, vi entrar a un chico hablando por el móvil, con un gesto tan acongojante que enseguida pensé: la echa de menos. Otra señora estaba sentada justamente a mi derecha, e iba cargada con un álbum de fotos. Y lo primero que me vino a la cabeza fue: le echa de menos.

Iba reflexionando sobre mis suposiciones pensando si realmente era aquello, o estaba en proceso de volverme una loca redomada. Podría ser. Tampoco estaría mal. A la parte de estar encerrada ya me había acostumbrado.

Llegué a Colón andando desde Atocha, con el iPod a todo volumen con las canciones de los Beatles. Se colaba alguna de U2 o de los Arctic, pero la verdad es que sólo quería poner banda sonora a aquel soleado paseo por los madriles. Había un viento refrescante que movía con delicadeza la suave tela de mi blusa veraniega. Era un gran día.

De repente la ví. Ahí estaba, no había sido un sueño. O sí. La hoja le relucía saliente del pecho, como un collar macabro. Me quedé helada cuando se giró y me miraba fijamente. Traté de pensar que tal vez estaba viendo a alguien detras mia. Pero estaba sola en el semáforo. Se acercó y me tocó la cara. Fue la sensación más horrible que había sentido en mi vida.

De vuelta a casa en el autobús no paré de tocarme la mejilla. La gente parecía no darse cuenta de mi presencia e incluso una señora se me quedó mirando como para que me quitara y le dejara el sitio, hasta que se fue a sentar encima mía y me aparté rápido. De verdad que no podia entender como la gente llegaba a tales extremos de grosería.

Al bajar del autobús me tropecé y caí de bruces contra el asfalto. Me hice algún que otro rasguño, pero estaba bien. Nadie se acercó a preguntar a pesar de que estaba todo repleto de gente, y a un niño con una bici le faltó muy poco para pasarme por encima de la cara. Yo estaba alucinando, abrí la puerta, entré en casa, y grite mi típico ''Jelooouuuu.'' Pero no me contestó nadie. Lo repetí por si no me habían oído, pero de repente vi a mi madre salir chillando de mi habitación. Entré como una bala a ver qué la habia asustado tanto. Y yo también lo hubiera hecho, porque mi cama estaba ocupada. No quise acercarme porque ya sabía quien era. Estaba yo. Y no muy bien precisamente.

Me quedé mirando el cuerpo que estaba delante mia fijamente. No. No era yo. Estaba segura. Pero entonces...¿Quién narices era?

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